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"La tormenta" (por A. Pérez)
(G. Brassens / J. Krahe)


Yo tuve un gran amor durante un chaparrón
y sentí aquella vez tan profunda pasión,
que ahora el buen tiempo me da asco.
Cuando el cielo está azul no lo puedo ni ver
que se nuble ya el sol, que se ponga a llover,
que caiga pronto otro chubasco.

Confirmando el refrán una noche de Abril
la tormenta estalló, mi vecina febril,
asustada con tanto trueno,
brincó en un santiamén del lecho en camisón
y se vino hacia mí, pidiendo protección:
- "Auxiliemé usted, sea bueno.
   Abramé por piedad que estoy sola y no sé
   si podré resistir, mi marido se fue
   pues tiene entre otros muchos fallos
   que en las noches así abandona el hogar
   por la triste razón de que va a trabajar.
   Es vendedor de pararrayos".

Bendiciendo al genial Franklin por su invención,
en mis brazos le di curso a su petición,
y luego el amor hizo el resto.
Mira tú que instalar pararrayos por ahí 
y olvidarte poner en tu casa, caray.
Cometiste un error funesto.

Varias horas después, cuando al fin escampó,
ella se hubo de ir, pero antes me citó
para la próxima tormenta:
- "Mi esposo va a llegar y si en casa no estoy
   se me va a resfriar, así que ya me voy,
   a secarle la cornamenta".

Desde entonces jamás he dejado el balcón,
no hago más que poner la máxima atención,
en cirros, cúmulos y estratos.
La menor nube gris me colma de placer
Aunque, a decir verdad, sé que no han de volver
tan torrenciales arrebatos.

A base de vender palitos de metal
su marido reunió un pingüe capital
y se hizo multimillonario. 
A vivir la llevó a un imbécil país 
donde si oye llover será porque haga pis
algún niño del vecindario.

Ojalá mi canción llegue al Sahara aquel,
a decirle que yo le seré siempre fiel,
que la llevo dentro del alma.
Y aunque sople el Sigmund 
con seca realidad
un día nos reunirá una gran tempestad
tras la que no vendrá la calma.

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